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Digital económico de Aragón y sus protagonistas
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Actualizada el: Martes, 20 de agosto de 2019 20:36
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Redacción
Lunes, 5 de agosto de 2019
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Presidente de Araonex

La economía, para qué

Según la RAE, la palabra economía proviene del latín medieval oeconomia, y éste del griego
oikonomia de oikos: “casa” y nemein: “distribuir” “administrar”.

Qué bonito y qué fácil. A partir de aquí, las diferentes sociedades que la definen como “una ciencia social” han ido dividiendo este genérico en unas cincuenta formas diversas de entender este concepto de administrar y distribuir. No es discutible que, como todas las áreas que han acompañado al hombre, se haya evolu- cionado. Solo imaginemos si la medicina se hubiese quedado estancada en su nacimiento, pues la economía también ha avanzado, otra cosa es que siempre haya sido para el beneficio general.

 

La economía, contemplada como un instrumento eficaz para conseguir el más justo bienestar social, debería ser la garantía de su mejor fin, pero como las personas que componen los pueblos tienen su propia forma de entender la vida, esta sencilla fórmula se convierte en un puzle de tal complejidad que es difícil que alcance esos objetivos fines, por ello se convierte en una mezcla de excusa para la política y aprovechamiento para quien la puede manejar.

 

El tan estudiado, admirado y repudiado John Maynard Keynes afirmaba lo siguiente: “Curiosa paradoja ésta: ¡Una materia tan fácil y en la que pocos destacan!”. Se refería a la economía y no puedo estar más de acuerdo con él. Pero si entramos a analizar la desigualdad que se genera en el mundo, podremos empezar a entender que la culpa de estos desequilibrios no la tiene la economía, se radica en los egoísmos personales que se producen en las formas de vida que aspiramos a tener. Por tanto, lo que deberemos estudiar será el comportamiento humano: cómo a través del uso perverso de instrumentos como la economía se llega a soluciones muy diferentes, de acuerdo con los objetivos que se desean alcanzar.

 

Si entendiésemos que el producto de la mano de obra debería tener ese mismo coste, con independencia del lugar en donde se ejecuta, estaríamos ya ante un principio de equilibrio, no el único, pues el valor de la materia prima también su- fre variaciones muy importantes. Aquí incluso, el lugar dónde se produce no es lo fundamental, lo es mucho más el destino dónde se va a dirigir, y si incorpo- ramos las diferentes concepciones del valor del dinero, nos encontramos con sociedades dispares, incomunicadas y que solo las une, en diferentes medidas, la desigualdad entre grupos sociales. Esta es una permanente.

 

Bien, pues para dar sentido a la econo- mía, además de su primitivo concepto de administrar la casa, debemos entender que si las personas pasamos bastante tiempo de nuestras vidas produciendo, lo debemos estar haciendo por algo. La primera respuesta es que hay alguien que demanda lo que hacemos y, por ello, nosotros podemos también acceder a lo que producen otros. La capacidad de necesitar algo es el motor que nos man- tiene en constante evolución.

 

Pero dicho esto así, estaríamos meti- dos en una ficción, que hoy, tiempo de lo virtual queda diminuta en relación a la realidad, pues los mercados que actúan de manera eficaz, solo lo hacen para aquellos que disponen de la opor- tunidad de estar dentro de su flujo. Hay muchos otros, pueblos enteros, para los que la demanda de productos y servicios para uso propio no tiene ningún sentido. Sin embargo sí son productores renta- bles para terceros, y en esta vorágine de formas injustas en la definición de las sociedades, la economía se muestra como en elemento de confrontación en- tre ellas.

 

La pregunta es: ¿Cuál es el resultado que origina esa desigualdad y desequilibrio? La falta de comprensión y la falsa orien- tación del camino de nuestras vidas, porque todo se termina y lo único que pasa a la posteridad son aquellas accio- nes que se trasladan a las personas por su única condición de que lo son.

 

La economía, como ciencia social, debe acometer sus funciones en el sentido de formar parte de los problemas y sus soluciones, del desarrollo como progreso en el conjunto de la sociedad y, para ello, se debe especializar en cada parte donde se encuentran implicadas las personas; los sectores productivos, con el propósito de determinar las diferencias que se configuran en cada uno de ellos; las definitorias de los retos sociales, como la circular; la participativa, la sostenible o la del conocimiento; la posicional, podemos referenciarlas como la pública y la privada, la laboral, la monetaria o la internacional; la ideológica como disciplina intelectual que podríamos incluir a la conductual, la moral, la positiva, la política y la filosófica de la economía. Todo este conjunto sin cerrar resuelve la parte más funcional del individuo y permite que se complemente con otras ciencias o aptitudes de las personas y que adopte ese papel en su definición de ciudadano implicado en conseguir modelos más avanzados o innovadores para la generación actual y futuras.

 

No hagamos de la economía el enemigo y tampoco el aliado. Dejémosla como el instrumento que es y pongamos el acento en nuestra forma de actuar, en la implicación que tenemos en el camino de la vida de los demás, pues esta y no otra es la diferencia que tenemos con el resto de las especies.

 

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